La casa es el cielo. La casa es una enfermedad radiante. La casa nunca es benévola; jamás acaba de barrer toda su producción de horror. Sólo quien ya no tiene nada que acallar, consecuencia de haber optado por el vacío, puede enseñar su hogar. He aquí mi manera de vivir, dice el anfitrión. He aquí su límite, su corrosión, piensa el invitado mientras soporta el mefítico aroma. El cómplice y detractor a un tiempo.
Texto de Vicente Verdú publicado en la revista AV nº12, 1987